A follower of Venezuelan President Hugo Chavez reacts while gathering with other followers to express her support for him and to pray for his health at Plaza Bolivar in Caracas December 9, 2012. Chavez returns to Cuba on Sunday for more surgery after a recurrence of cancer led him to name a successor for the first time in case the disease ends his 14-year dominance of the OPEC nation. REUTERS/Jorge Silva (VENEZUELA - Tags: POLITICS TPX IMAGES OF THE DAY)

A ojos de buen entendedor, el documental sobre Hugo Chávez, realizado por Oliver Stone, es una pieza magistral sobre las cualidades que hicieron de Chávez la figura que es hoy para el continente latinoamericano y buena parte de sus líderes. Lo es a través del testimonio de la primera mujer graduada como cadete, cuando muestra el saludo de Chávez a los niños y revelando la anécdota de Evo Morales quien recuerda el tono paternal del “comandante” hacia él diciéndole que “saque pecho”, cuando estaba recién asumido como presidente electo de Bolivia.

De forma subyacente y sutil, el documental de Oliver Stone deja ver una característica poco comentada y observada tanto para sus detractores como simpatizantes, precisamente aquello de lo que hoy, según los analistas, carece la dirigencia en Venezuela: un carisma que empalma de forma perfecta con el ánimo de un pueblo.

Claro está que en el documental no se encontrará a sus detractores. Los amigos hablan desde ahí, con un cariño que a ratos sobrecoge, de la misma forma que el título “Mi amigo Hugo”, deja clara la intención del documental de Stone difundido por Telesur para todo el mundo. Es el retrato de un Chávez cariñoso, risueño, amable y humano especialmente con capítulos de su vida como la conmovedora forma de enfrentarse al cáncer.

Pero, además, entre líneas, el documental hace visible las características que tienen los líderes: su obsesión y amor por Venezuela cuando dice “El pueblo en el corazón de Chávez”, su ascendencia sobre los colaboradores y la sentida fidelidad que generó en ellos. Al mismo tiempo que queda claro el trabajo constante que quería transmitir y un ritmo por “la revolución” que aún parece inspirar a los que hoy quedaron sucediéndolo.

De forma subyacente y sutil, el documental de Oliver Stone deja ver una característica poco comentada y observada tanto para sus detractores como simpatizantes, precisamente aquello de lo que hoy, según los analistas, carece la dirigencia en Venezuela: un carisma que empalma de forma perfecta con el ánimo de un pueblo.

No cabe duda que Hugo Chávez logró sintonizar con un país que tenía un afecto puesto donde los regímenes no habían podido llegar. Al ver el documental da la impresión de que a Venezuela le faltaba esperanza, pero por sobretodo amor, un afecto y hermandad que Hugo pudo transmitir gracias a sus arengas, sus cantos y su humor.

Tampoco hay que adivinar que el documental quiere oponerse a la imagen del “tirano” que se ha difundido por la oposición, y lo logra, pero más allá de eso, también muestra —quizás sin querer— las otras necesidades de un pueblo que un líder trató de satisfacer, aquellas que no se rigen por los números de crecimiento e inversión y que han tratado de imponerse repetidamente como medidas de buen gobierno en Latinoamérica.

Ver Mi amigo Hugo